Enseñen a sus hijos.
Noveno, madres, dediquen
tiempo a enseñarles, aprovechando también toda
oportunidad de enseñanza que se les presente.
Puede ser en cualquier momento: a la hora de comer,
en ocasiones de estar sentados juntos descansando,
en el dormitorio al final del día o en una caminata
en las primeras horas de la mañana. Ustedes son el
mejor maestro que sus hijos tendrán. No entreguen
esa valiosa responsabilidad a las niñeras o las guarderías.
Los ingredientes más importantes de que dispone una madre para enseñar a sus hijos son el amor y el profundo interés que siente por ellos.
Enséñenles los principios del Evangelio; enséñenles
las recompensas de ser buenos; enséñenles que en el
pecado no existe la seguridad; enséñenles a sentir
amor por el Evangelio de Jesucristo y a obtener un
testimonio de su divinidad.
Enseñen a sus hijos a ser modestos y a respetar su
condición de futuros hombres y mujeres; enséñenles
la pureza sexual, las normas apropiadas del trato
cuando salen con jóvenes del sexo opuesto; enséñenles
sobre el casamiento en el templo, el servicio
misional y la importancia de aceptar los llamamientos
en la Iglesia y honrarlos.
Enséñenles a sentir amor por el trabajo y a reconocer
el valor de una buena instrucción escolar.
Enséñenles la importancia de buscar formas apropiadas
de entretenerse o divertirse, incluso en el cine, la
televisión, la música, los libros y las revistas. Analicen
con ellos los daños de la pornografía y del consumo de
drogas y enséñenles el valor de llevar una vida limpia.
Sí, madres, enseñen a sus hijos el Evangelio en su propio
hogar, en sus conversaciones con ellos. Ésta será
la enseñanza más eficaz que ellos recibirán en su vida;
es la enseñanza a la manera del Señor. La Iglesia no
puede enseñar en la forma en que ustedes lo pueden
hacer; ni puede hacerlo la escuela, ni la guardería.
Ustedes pueden y el Señor las sostendrá en esta tarea.
Sus hijos recordarán sus enseñanzas, y aun cuando
sean viejos no se apartarán de ellas. Y las llamarán
“bienaventuradas”, y serán un ángel para ellos.
Madres, esta enseñanza materna y divina lleva
tiempo, mucho tiempo. No se puede llevar a cabo
con eficacia si se efectúa de a ratos, sino que tienen
que dedicarse a ella constantemente a fin de que sus
hijos sean salvos y reciban su exaltación. Ése es su
llamamiento divino.
Amen sinceramente a sus hijos. Décimo y por último,
dediquen tiempo a amarlos sinceramente. El amor
incondicional de una madre se asemeja al amor de
Cristo. Éste es un hermoso tributo que un hijo rindió a su
madre: “No recuerdo muy bien cuál era su opinión
con respecto al voto ni si tenía algún prestigio social;
tampoco recuerdo sus ideas sobre pedagogía, nutrición
ni genética. Lo que permanece en mi memoria a
través de los muchos años pasados es el amor que me
expresaba. Muchas veces se acostaba en la hierba conmigo
para contarme cuentos, y le gustabajugar a las
escondidas con nosotros. Siempre estaba abrazándome,
y eso me gustaba. Tenía un rostro radiante.
Para mí, era como estar con Dios y pensar en todas las
cosas maravillosas que se dicen de Él. ¡Y sus canciones!
De todas las sensaciones agradables que he experimentado,
ninguna se compara con el éxtasis de
subirme a su falda y dormirme en sus brazos mientras
ella se mecía en la mecedora y me cantaba. Al pensar
en mi madre, me pregunto si la mujer de hoy, con
todas sus ideas modernas y sus planes, comprenderá
la enormidad de la influencia que puede tener para
moldear a sus hijos, ya sea para bien o para mal. Me
pregunto si se dará cuenta de la importancia que tienen
su amor y atención en la vida de un niño”. Madres, sus hijos adolescentes también necesitan
de amor y atención similares. Parece que a algunos
padres les es fácil expresar y demostrar amor a sus
hijos mientras éstos son pequeños, pero les es difícil
hacerlo cuando son ya mayores. Esfuércense en esto
orando al respecto. No tiene por qué haber nada
que les separe de ellos, y el amor es la clave para el
entendimiento. Nuestros jóvenes necesitan amor y
atención, no liberalidad; necesitan de sus padres
comprensión profunda, no indiferencia; necesitan
que sus padres les dediquen tiempo. Las bondadosas
enseñanzas de una madre y su amor y confianza en
sus hijos adolescentes pueden salvarlos de un
mundo de iniquidad.